Hola, soy Marga
Soy nutricionista. Pero antes de serlo, fui la persona que comía "bien" y seguía sin encontrarse bien.
Nací en Mallorca. Niña observadora, introvertida, con una conexión especial con la comida desde pequeña.
Mi abuela fue mi primera maestra. Con ella aprendí que la comida era cuidado, cultura, transmisión de amor. Sesos, riñones, pescados, mariscos. Todo tenía sentido en su mesa.
En casa la realidad era otra. La vida cotidiana se sostenía con precocinados, sopas de sobre y cereales cargados de azúcar. Crecí entre esos dos mundos: la tradición de lo real y la promesa engañosa de lo fácil.
En la adolescencia eso me pasó factura.
Inseguridades, tristeza, y el eco de los trastornos alimentarios en personas cercanas que me marcaron profundamente. Yo misma llegué a probar con la restricción para alcanzar ese cuerpo que nos vendían como válido. No llegó a más. Pero fue la primera vez que entendí que la comida podía ser cárcel o libertad.
A los 16 empecé a cocinar por mí misma.
Y descubrí el placer de crear, de experimentar, de reconectar con algo propio.
Estudié tres años de Ciencias Biológicas. Me fascinaba la naturaleza y la bioquímica, pero no era mi camino. La nutrición sí lo era. Me trasladé a la Universitat de Vic y terminé la carrera en dos años y medio. Me apasionaba tanto que no podía ir despacio.
Y sin embargo, lo que parecía ser la respuesta se convirtió en un conflicto.
Durante la carrera aprendí que para estar sana debía dejar la carne, reducir lácteos, basar mi alimentación en legumbres y bebidas vegetales. Lo hice. Y el resultado fueron digestiones cada vez peores: hinchazón, reflujo, gases.
Lo último que pensaba era que fuese por la comida. Porque comía como me habían enseñado que era lo correcto.
Ahí empecé a sentirme la rara.
Hasta que empecé a trabajar. Y llegó el gran choque.
Lo que aplicaba no funcionaba. La gente adelgazaba, sí. Pero no se sentía bien. No mejoraban sus digestiones, su energía, su calidad de vida. Yo misma tampoco.
Empecé a buscar más allá. Primero en las emociones. Después en otros enfoques. Hasta que me topé con profesionales que decían lo contrario a todo lo que había estudiado.
Al principio los tomé por locos. Poco a poco, empecé a entender.
Y llegó el momento en que todo se puso del revés.
Para ayudar de verdad, había que desaprender. Y desaprender dolía. Significaba salirse del redil, cuestionar a la oficialidad, enfrentarse al rechazo de compañeros y a las miradas incrédulas de algunos clientes. Pero dentro de mí había un reconocimiento claro.
Este era el camino correcto. No podía callarlo.
Desde entonces no he dejado de aprender, de cuestionar y de integrar.
Pasé de pensar que la nutrición era solo comer bien, a comprender que somos biología, emociones, mente y entorno.
Que la luz, los ritmos, el descanso y lo que nos rodea son tan importantes como lo que ponemos en el plato. Cuando puse mi propia biología en orden, mi mente se aclaró. Y desde esa claridad encontré algo que no esperaba encontrar.
Hoy acompaño a personas que ya lo han intentado.
Que comen más limpio que antes. Que han quitado azúcar, ultraprocesados, harinas.
Y aun así algo sigue sin encajar.
No doy dietas. No pongo normas. Acompaño a recuperar soberanía. A entender que el cuerpo no está roto sino respondiendo. A soltar peso y síntomas desde la raíz.
Porque la naturaleza no comete errores. Solo adapta lo que necesita. Somos nosotros quienes, jugando a ser dioses, intentamos cambiarlo todo sin respetar el único diseño que funciona de verdad.
Algunos datos más personales…
Soy de Mallorca y sigo viviendo aquí. La isla me recuerda cada día que el sol de la mañana no es un lujo, es biología.
Me apasiona la cocina desde los 16 años. No como hobby. Como forma de reconectar con algo propio.
Tengo fe cristiana y forma parte de cómo entiendo el cuerpo, el diseño y la salud. No lo escondo, aunque tampoco lo impongo. Creo que el sistema nos ha vendido una versión de la salud que en realidad gestiona el deterioro. Y eso me indigna lo suficiente como para seguir hablando de ello.
